miércoles, 23 de febrero de 2011

Réquiem

Tu cuerpo caliente, el leve roce de mi piel con la tuya, tibia. El vaivén de los segundos  al ritmo de mi corazón marchando fuerte. La sangre fluyendo con velocidad, fluidos entremezclados volando por el aire, llenando la habitación. Tu olor y el mio creando el ambiente, la melodía perfecta, un  réquiem para el amor. Lentamente nos fundimos juntos; fuimos uno, aún con tu frialdad y tu indiferencia, aún con tu mirada turbia y perdida en la nada.
El éxtasis llegaba a mi, mientras el frío lentamente te invadía. Faltaba poco, sentía fluir con placidez algo de mi alma que quería escapar fuera de mí; quería entrar en ti, regalarte un poco de mi ser justo antes de partir. No me contuve, un poco de mi alma entró en tu ser, un poco de mi magma ardió en ti. Miré el reloj, las diez de la noche. Oí en la calle una sirena. Ya era hora de decir adiós. Aprecié por última vez tu cuerpo extendido entre las sábanas llenas de ti, de ese rojo fuego, como si aún siguiera encendido. ¡Oh, pequeño cadáver durmiente! quisiera estuvieras despierto disfrutando de nuestro encuentro. Pero ya no, nunca más.
Con delicadeza tomé tu cuerpo, lo enrollé entre las mismas sábanas donde nos dijimos adiós a nuestro modo. Alcé tu cadáver aún sangrante por la herida en el cuello y me marché entre la noche y el silencio. Y con ése réquiem cantado entre sudores por mi cuerpo, te di la despedida, amor mio. Adiós.

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