domingo, 30 de enero de 2011

Ella

Estaba allí, sentada en medio del atardecer, leyendo aquel libro mágico que lleva nombre de juego, hurgando en él con sus afables ojos negros; pasando cada página con delicadeza, con sus suaves manos. Un árbol intervenía en la visión, dejando caer una hoja que suavemente se balanceaba cruzando en frente, deslizándose en el oleaje del viento, dándole matices agógicos, contrastando con el tranquilo caer del día y su tersa piel de ángel.



Sus ojos, palpitantes, se cruzaron con los míos y por un instante me sentí ahogado dentro de aquel océano. Mis mejillas sonrojaron levemente, mientras mi mente dibujaba éste fragmento; mientras de su boca salía volando una sonrisa. Yo sólo pensaba en cómo impregnar mi boca con un poco de su esencia, de su magia. Sin vacilar, caminé hacia ella y sin dar reparo, la besé. 


Su reacción fue de sorpresa, y a mi el aire me faltaba aunque el viento soplaba con fuerza. Otra sonrisa me lanzó, mientras mis lentes se empañaban; otro beso me dejó, y luego se marchó junto con el día.

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