miércoles, 20 de abril de 2011

Lágrimas bajo la lluvia

Fallecía la tarde.
Sollozantes, las nubes
apreciaban el arte
de las pasiones que suben.

El viento fue cómplice,
junto con el frío,
de crear los matices
para un amorío.

La banca del parque,
las hojas del árbol
y el césped andante
sirvieron de algo
para que aquel instante
durara a lo largo
del brillo abundante
de un astro lejano.

Sellado aquel pacto,
sintieron sus labios.
Su piel y su boca
en pleno contacto.
Ni la brisa en su ropa
ahogaba aquel acto;
Ni el llanto de nube
lo hacían opaco.

Instante

Cuando sentí el leve roce de sus labios posándose en los míos, mi corazón se hundió en una melodiosa y alegre palpitación; mi cuerpo acompañaba el ritmo con un leve tiritar; mi piel se erizó y mis vellos aplaudían de pie aquel magnifico recital, la ópera prima de algún ángel anónimo queriendo convertirse en leyenda…
Sus ojos centellaban, como poseídos por un par de estrellas prófugas de la noche. Mi boca olvidó conjugar, no sabía cómo expresar cuán mágico era aquel instante, aquel fragmento de tiempo transcurrido en algún lugar olvidado, en el centro del Universo, en medio de todo, sin percibir nada más que nuestras propias esencias. Sellamos el pacto entre la tierra y el viento, la luz y la sombra, creamos el inicio de una nueva historia…

Señorita, ¿me concede esta pieza? ¿bailaría conmigo en el "dark side of the moon"?

La melodía sonaba, tambaleaba taciturna. Ella y yo nos balanceábamos juntos, llevando el ritmo de la Luna, suave, sereno... Nos hundíamos en en el lado oscuro de la luna, sin mas testigos que las estrellas con su luz, vacilante... Me atrapaba y me envolvía con su magia. Creía en ella, y aún lo hago. Ella era magia, era irreal, pero aún así, era lo más sincero que existía... Sentía la flama de su piel que rozaba levemente mi epidermis... Sentía que me ahogaba en el mar de sus ojos; que volaba como un pez, un pez que aprendía a volar, sin más maestro que el ciego mago viejo, tan viejo como el hombre, ese que llamaban amor... Me deslizaba suavemente entre el cielo de su cabello, se me entrecortaba el aire, suspiraba y colores brotaban de mí... Las nubes tomaban formas, los árboles eran confidentes de todo aquello... Yo sólo podía ronronearle un poco, mientras ella me enseñaba que la magia existe. Ese, justo ese día, empecé a creer en la magia.

viernes, 18 de marzo de 2011

Has de ser

Has de ser mi perdición,
tú, hija del caos,
matriz de la destrucción.
Has de ser mi redención,
tú, todos mis pecados,
cura de mi putrefacción.

Tú, ser parido en el dolor,
en las entrañas de mi miseria,
has de acabar con mi inacción,
ave que pica la materia
que corroe mi alma etérea
y deshilacha mi razón.

Has de ser mi universo,
mi luna eclipsante,
mi desgarrado verso
y mi colérica amante.

Has de ser mi otro yo,
mi alma enferma,
mi conciencia agónica.
Y en cada resurrección
vendrás a mi como la muerte:
Me destruirás y reharás,
me cegarás y parirás.
Y, pues, si tengo suerte,
despertaré del profundo
sueño inerte
en el nuevo mundo
que se crea al verte.

jueves, 17 de marzo de 2011

Hoja seca

¡Cuán leve es la vida!
Es tan fugaz, tan efímera
como un suspiro, suave;
como una hoja que cae,
que se balancea con delicadeza
en el leve roce de la brisa
mientras se aleja cada vez más
de aquel árbol casi inmortal,
sabiendo que ya nunca volverá.
Y tú de repente eres aquella hoja
y te balanceas en la marea de la vida,
yendo para allá y para acá.
¡Ah!, melancólica y solitaria hoja...
vas triste y perdida entre la bruma
sabiendo que ya nunca volverás
a la seguridad de aquel árbol
al que llamabas hogar...
Y te pierdes en el tiempo,
fuiste guiada por el viento.
De repente estás marchita,
y por más que llores ya no serás la misma.
Te encuentras en un lugar desconocido,
y recuerdas aquel árbol y piensas,
piensas lo feliz que eras,
y lo mucho que reías,
lo poco que llorabas...
Recuerdas aquel árbol que te protegía,
donde no te preocupabas...
Ah, hoja aventurera...
¿Por qué te marchaste?
Ahora ya te perdiste en la pradera
Y en el tiempo, y en la edad,
te marchitaste...
Ahora sólo queda la esperanza,
como fiel y única compañera,
de que aquel vals del viento, aquella danza
termine pronto con lo que te desespera:
El cruento sol ha acaba con tu alma,
agrietada y dolorida, hoja seca.
Ya has de volver a la ceniza,
al polvo que se va con la briza,
que se pierde en la bruma,
—con el oleaje de la luna—
que termina en las raíces de aquel árbol,
aferrado a cada fibra, a cada pieza
que compone su ramaje y su corteza.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Réquiem

Tu cuerpo caliente, el leve roce de mi piel con la tuya, tibia. El vaivén de los segundos  al ritmo de mi corazón marchando fuerte. La sangre fluyendo con velocidad, fluidos entremezclados volando por el aire, llenando la habitación. Tu olor y el mio creando el ambiente, la melodía perfecta, un  réquiem para el amor. Lentamente nos fundimos juntos; fuimos uno, aún con tu frialdad y tu indiferencia, aún con tu mirada turbia y perdida en la nada.
El éxtasis llegaba a mi, mientras el frío lentamente te invadía. Faltaba poco, sentía fluir con placidez algo de mi alma que quería escapar fuera de mí; quería entrar en ti, regalarte un poco de mi ser justo antes de partir. No me contuve, un poco de mi alma entró en tu ser, un poco de mi magma ardió en ti. Miré el reloj, las diez de la noche. Oí en la calle una sirena. Ya era hora de decir adiós. Aprecié por última vez tu cuerpo extendido entre las sábanas llenas de ti, de ese rojo fuego, como si aún siguiera encendido. ¡Oh, pequeño cadáver durmiente! quisiera estuvieras despierto disfrutando de nuestro encuentro. Pero ya no, nunca más.
Con delicadeza tomé tu cuerpo, lo enrollé entre las mismas sábanas donde nos dijimos adiós a nuestro modo. Alcé tu cadáver aún sangrante por la herida en el cuello y me marché entre la noche y el silencio. Y con ése réquiem cantado entre sudores por mi cuerpo, te di la despedida, amor mio. Adiós.

martes, 1 de febrero de 2011

A manera de gato

A manera de gato, quisiera ronronearte lo que me gusta de ti; quisiera descansar en tu regazo y dejar que acaricies mi lomo con tus tersas y delicadas manos; quisiera arañarte un poco, sólo para saber que eres real y sentir con mis propias manos tu suave piel; quisiera juguetear, perseguirte, acecharte en la oscuridad y luego atraparte; quisiera dormirme en tu almohada y dejarla impregnada con un poco de mí, de mi pelaje; quisiera que, en las noches, me adormecieras entre tus brazos y que ronroneásemos juntos mientras soñamos; quisiera  que, a manera de gato, nos lamiésemos, nos acicalásemos mutuamente, que nos besásemos y nos amásemos, a manera de gato.